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Un mar de dunas en los Lençóis Maranhenses
Por Redacción Ladevi   |  
15 de Marzo de 2013

Imagine una superficie enorme, como si la Ciudad de Buenos Aires estuviera siete veces una al lado de la otra. Ahora imagine esta extensión llena de dunas altísimas, como un desierto inmenso. Pero imagine que llueve, mucho, y entre una duna y otra se forma una laguna de aguas dulces, frescas y transparentes. Este delirio, que parece salido de una imaginación demasiado afiebrada, existe. Se llama Parque dos Lençóis y queda en el estado de Maranhão, bien al norte de Brasil, casi pegado a la línea del ecuador.

Espejismo sea quizá la palabra que convenga elegir para referirse al paisaje tan fascinante como irreal del Parque Nacional de los Lençóis Maranhenses.

Para delinear una imagen más precisa, se podría decir que se trata de un desierto formado por los vientos que arrastran arena de las costas hacia el interior del estado. Pero sucede que en este desierto de colinas de arena finísima, durante los primeros seis meses del año, llueve en abundancia. Entonces las depresiones del terreno se abren como cuencos dorados para recibir al agua dulce, fresca y llena de vida. Así, las colinas de arenas que pueden alcanzar los 40 m. de altura, se alternan en dibujos prolijos con lagunas verdes y azuladas. Y esto sucede no una, ni dos, ni tres veces, sino de manera interminable en una extensión de 155 mil ha., es decir, el equivalente a más de siete ciudades de Buenos Aires. Un mar de dunas.

Para tener una idea más precisa del tamaño de esta inmensidad, vale la pena mirarla en Google Maps:

LA PUERTA DE ENTRADA.

Preguiça en portugués quiere decir pereza. Y ése es justamente el nombre del río sobre cuya margen se asienta el poblado de Barreirinhas, punto de partida para la aventura de los Lençóis. Varias posadas y hasta un puñado de resorts conforman la infraestructura turística del lugar, modesta pero suficiente. Calles de tierra, bicicletas y enjambres de jeeps que van y vienen sin parar llevando a los turistas hacia el interior del Parque, se suman al tráfico de barquitos que entran y salen del puerto. Este tranquilo poblado de caserones de tejas, en seguida se transformó en un respetable polo turístico de unos 50 mil habitantes que viven de la condición de puerta de entrada al Parque dos Lençóis.

LA AVENTURA.

La maravilla que atrae a turistas del mundo entero, aunque todavía en cantidades modestas, es un parque nacional brasileño. Por eso, para recorrer esta área protegida es necesario contratar los servicios de alguno de los guías locales.

El paseo comienza atravesando el río Preguiça en balsa. Una vez del otro lado, el vehículo comienza a transitar caminos de arena, atravesando algunos pequeños arroyos. Parece mentira que los guías se orienten en esta extensión interminable de dunas, siguiendo senderos que sólo ellos ven, doblando en curvas inexistentes para el ojo desavisado. Sin embargo, van recorriendo el parque en una aventura que dura un poco más de una hora para llevar a los viajeros a conocer algunos de los sitios más interesantes, particulares y hermosos.

Puede pensarse que no hay mucho para hacer aquí, pero no es así. Una vez en destino –en la zona del parque elegida– hay que experimentar en carne propia la aventura de trepar esa montaña de arena de unos 30 o 40 m. de altura. La tarea es más difícil de lo que parece, porque la duna se empeña en desgranarse bajo los pies aunque, conviene aclarar, no quema. Al llegar a lo alto, encontraremos, allá abajo, una laguna. Podremos rodar hacia abajo, caminar más o menos despacio, dejarnos caer como por un tobogán para llegar al borde del agua, tomar un baño en el que veremos pequeños pececitos transparentes nadar cerca de nuestros pies.

Luego vendrá otra duna, otra subida, otra bajada, otra laguna. Pero este contacto íntimo con la arena, el sol, el viento y el agua no deja lugar a las repeticiones. El paisaje es único porque no hay otro parecido en el mundo, pero también porque cambia constantemente al ritmo de los vientos, el calor, el sol y las estaciones, al punto de no ser nunca el mismo.

LAS LAGUNAS.

Entre todas las lagunas, algunas se destacan y llaman la atención de los viajeros. Una de ellas es la laguna Azul, a la que se accede en un recorrido de dos horas en 4x4. La recompensa bien vale la aventura: un baño en las aguas claras de una de las más profundas y más visitadas entre los cientos de lagunas que riegan el parque. Al lado, se ven las lagunas de Preguiça, Esmeralda y un poco más adelante la del Peixe, que por tener agua todo el año, es –como su nombre lo indica– morada de gran cantidad de peces.

Otra de las favoritas –que conviene visitar en otro paseo, porque las distancias son grandes– es la laguna Bonita. Se caracteriza por estar rodeada de dunas más altas y amplias, que realmente dan la sensación de que se trata de un paisaje onírico e infinito.

Pero el recorrido por el Parque de los Lençóis no termina aquí: las posibilidades son muchas, y vale la pena quedarse varios días para programar diversos paseos y no quedarse con ganas de ninguno. Algunas de las opciones son:

• El Circuito de los Lagos: uno de los más bellos, para contemplar gran cantidad de flora y fauna, comunidades locales y las lagunas Santo Amaro, Guapiriba y Travosa.

• El Circuito de las Aves: visita una zona abundante en nidos, ideal para las caminatas, y lleva a conocer la laguna más grande de los Lençóis.

• El circuito Oasis del Parque: incluye las primeras comunidades y las dunas más grandes y hermosas, donde se puede llegar en bicicleta, a caballo o a pie.

• El Circuito do Cajueiro/Gaivota: es el paseo más rápido y el que aparece en casi todas las fotos y revistas.

DESDE LA ALTURA.

Sobrevolar esta inmensidad por aproximadamente 45 minutos en un avión donde caben apenas unas seis almas es una aventura tan vertiginosa como breve: los minutos vuelan mientras el avioncito hace lo propio sobre olas y olas de arena blanca. Desde el aire se entiende el porqué del nombre de Lençóis, en portugués sábanas: la extensión de arena parece una gran sábana blanca que ondula secándose al viento.

Por momentos lo único que se ve son dunas y lagunas, más dunas y más lagunas. Quizás, a lo lejos se adivina el horizonte azul del mar. Pero se contempla, como desde ningún otro lado, ese diseño perfecto que cada día redondean los vientos.

Si volar no es lo suyo, otra posibilidad es llegarse hasta el pueblito de pescadores llamado Mandacarú.

Hasta allí se llega por el río Preguiças en un barco de línea (con horarios imprecisos y la compañía de locales con frutas, gallinas y cargamento variopinto), o contratando los servicios de alguna de las lanchas a motor que llaman “voadeiras”, porque literalmente vuelan sobre las aguas. Allí se destaca un faro con la altura equivalente a un edificio de 14 pisos desde el cual la vista es impactante: el río, el mar, el verde de la vegetación y el colchón de dunas a lo lejos.

PAISAJE Y BANDA SONORA

¿Con ganas de espiar el paisaje de los Lençóis Maranhenses? Lo invitamos a conocerlo en las imágenes de este video http://www.youtube.com/watch?v=saw8Y1RJJtA La canción se llama Quase Nada, y es del maranhense Zeca Baleiro, que se presentó varias veces en Argentina y tiene una discografía ecléctica que vale la pena escuchar.

TIPS PARA EL VIAJERO

Cómo llegar: hasta el Aeropuerto Internacional Marechal Cunha Machado de São Luis, con escala en San Pablo. Desde allí son unos 250 km. que, desde 2002 cuando se pavimentó la ruta, se recorren en algo más de tres horas.

Cuándo viajar: el parque se puede visitar durante todo el año, pero durante algunos meses las lagunas pueden secarse o tener poca agua, por lo cual para apreciar el paisaje en su esplendor conviene viajar entre julio y septiembre.

Informes: www.parquelencois.com.br.