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Londres: señorial, extravagante y frenética
Por Leonardo Larini     |  
20 de Julio de 2012

La capital inglesa combina estilos arquitectónicos y de comportamiento sumamente sobrios con edificios de vanguardia y costumbres que siguen rompiendo las tradiciones, todo en un marco urbano de intenso movimiento y marcadamente cosmopolita.

Gaviotas comiendo frutillas en las terrazas del Támesis. Ésa es la primera imagen que vuelve, que retorna ahora, seis meses después. Las simpáticas aves picotean los frutos rojos de los vasos que los turistas dejan apoyados en las barandas que dan al río, en los bancos, en las mesas que desocupan para continuar sus paseos. Detrás, sobre la otra costa, el edificio del Parlamento posa esplendoroso. En el medio, el agua ondula suavemente las últimas manchas doradas del sol. Atardece en Londres y, como si hubiera estado escrito, sobre la explanada –a pocos metros del descomunal London Eye, la gigante rueda o “vuelta al mundo” construida para recibir el nuevo Milenio– dos jóvenes pelirrojos tocan sus guitarras acústicas y cantan esa maravillosa canción de los Beatles llamada “In my life”.

ULTIMOS ECOS DE LOS BEATLES.
Al día siguiente, el atardecer es muy distinto; es típicamente inglés, o sea con el aire un tanto neblinoso y una delgada llovizna que sin embargo no impide que miles de turistas permanezcan apostados en las escaleras de la estatua de Eros, en el centro neurálgico de Picadilly Circus, o caminando por esta bulliciosa zona de la ciudad. Y lo de “miles” no es exagerado; la cantidad de gente que circula, va y viene, entra y sale de las tiendas o simplemente está parada mirando la marea humana que se mueve, realmente asusta. Se escucha hablar en inglés, español, italiano, chino, japonés, alemán, portugués y en lenguas indescifrables y jamás oídas. Muchos entran a Cool Britannia, una megatienda donde es posible comprar todo el surtido imaginable de souvenirs relacionados con Londres. Otros hacen cola en el Criterion Theatre para ver alguna obra o pasean por las galerías comerciales del London Pavillion. Allí, en la entrada de este señorial edificio que supo ser cine y teatro, un distinguido señor de traje y típico sombrero bombín lee The Independent al lado de un joven pálido de campera y pantalón de cuero con la cabeza rapada y surcada desde la nuca hasta la frente por una enorme cresta punk de color verde. Estos dos ingleses, separados por cuarenta años y apenas unos pocos centímetros, resumen a la perfección la esencia de Londres, donde conviven la sobriedad más delicada con la desprolijidad –no siempre– más atractiva.
El primero sin duda viste en Savile Row, una angosta calle que se extiende en la exclusiva área de Mayfair y que es desde principios del siglo XIX el referente máximo en materia de sastrerías de medida fina. Se cuenta que en los últimos dos siglos prácticamente ha pasado por esta arteria toda la realeza europea: el príncipe Carlos de Inglaterra, Alberto de Mónaco, Napoleón III, además de Winston Churchill y Charles de Gaulle o figuras como Fred Astaire, Roger Moore y Rodolfo Valentino, entre tantos otros. Allí funcionan afamadas firmas como Henry Poole & Co., Hunt & Winterbotham, Huntsman & Sons, Comelie London, Gieves & Hawkes y Norton & Sons.
Pero no hemos venido a Savile Row a recorrer sastrerías sino a pararnos delante del Nº 3 de esta calle. Aquí, en la azotea de un edificio de cinco plantas construido en 1735, tocaron por última vez los Beatles. Fue el 30 de enero de 1969, en el último piso de lo que entonces era la Apple Corp., su compañía discográfica. Los cuatro de Liverpool brindaron un breve set de 42 minutos que incluyó clásicos como “Get back”, “Don’t let me down”, “I’ve Got A Feeling” y “Dig A Pony”. Y a pesar de que hoy no hay nada allí que remita a aquella tarde –excepto las notas con marcador que dejan los turistas sobre la pared, a ambos lados de la elegante y gruesa puerta de madera con el número 3 en bronce–, levantar la vista hacia la cima del sobrio frente de ladrillo conmueve y emociona a todo verdadero amante de la música.
En tanto, el joven de la cresta seguramente ha comprado parte de su vestimenta en el famoso Camden Market, tan grande y colorido como inabarcable. Este desmedido mercado callejero formado por puestos, tiendas y numerosos edificios antiguos es un paraíso para los amantes de la ropa extravagante o de segunda mano, donde también es posible adquirir viejas ediciones de discos de vinilo en perfecto estado a precios muy accesibles. Durante el recorrido se pueden alternar las compras con un almuerzo de cara al Regents Canal, un canal de calmas aguas cuyas orillas son ideales para la pausa. En cuanto a la comida, hay para elegir menúes de todas las gastronomías del mundo; literalmente. La cantidad de puestos, platos, olores y colores es asombrosa.

PUENTES Y ARTE.
Para descubrirla paso a paso, lo ideal es recorrer Londres caminando e, invariablemente, ir de un lado a otro en los clásicos buses de dos pisos o en subte. Respecto al transporte subterráneo, tienen como condimento las escaleras mecánicas, que son larguísimas –más del doble de las porteñas– y dan la sensación de estar transitando en alguna de las pesadillescas locaciones kafkianas. Una de las estaciones más particulares es Baker Street, cuyas paredes están conformadas por azulejos con el pequeño e inconfundible perfil de Sherlock Holmes. Es que el famoso detective creado por el escritor británico Arthur Conan Doyle tenía su residencia en el 221B de la calle Baker. El personaje, además, tiene una hermosa estatua que lo homenajea sobre la vereda de la estación y un museo a pocos metros que, como tantos otros atractivos, quedará para la próxima vez.
La capital inglesa, al igual que cualquier gran ciudad del mundo, ofrece tantas opciones que uno debería quedarse por lo menos un mes para conocer al menos la mitad de ellas. Y a veces los itinerarios no los decide el viajero sino que el azar o el destino nos detienen en algún barrio o nos hace pasar de largo hacia algún otro, en donde no sabemos con qué nos vamos a encontrar.
Es lo que puede suceder si desde la ventanilla del bus se percibe la fachada de la catedral de Saint Paul’s. ¿Cómo no bajar a visitarla? Construida entre 1676 y 1710 sobre las ruinas de la antigua y más pequeña catedral medieval quemada por el gran incendio que azotó Londres en 1666, es una de las pocas edificaciones de la zona que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial. Al ingresar (hay que pagar € 14) uno se queda con la boca abierta por las dimensiones de este templo, cuya colosal cúpula es la más grande del mundo después de la de la basílica de San Pedro en Roma. Aquí tuvieron lugar relevantes eventos como la boda real del príncipe Carlos con la princesa Diana y los funerales de héroes nacionales como Winston Churchill y Lord Nelson. Vale la pena subir los 530 escalones que dan a la cúpula, ya que desde su “terraza” es posible contemplar una magnífica vista panorámica de la ciudad.
Saliendo de la Catedral hacia la izquierda, unas pocas cuadras hacia el lado del Támesis, se encuentra el Milenium Bridge, puente colgante y peatonal que une la zona de Bankside con la City. Caminarlo lentamente es un gran placer, ya que durante el trayecto se puede apreciar la fisonomía de ambas costas y, a lo lejos, la belleza del famoso Tower Bridge. El Puente del Milenio desemboca en la Tate Modern, la galería de arte moderno más importante del Reino Unido. Su enorme frente de ladrillo con una gigante torre, donde antiguamente funcionaba una central eléctrica, maravilla al visitante. El establecimiento cuenta con una colección permanente de arte moderno internacional que data de 1900 a la actualidad e incluye obras de Picasso, Andy Warhol, Francis Bacon, Dalí y Francis Picabia, entre tantos otros grandes artistas.
Después de una buena dosis de arte, lo ideal es rumbear hacia el mencionado Tower Bridge siguiendo las calles paralelas al río. A medida que uno se acerca, el encanto del puente levadizo adquiere cada vez más presencia y cuando se está a unos 200 m. conviene detenerse y observar el magnífico contraste entre esta obra de ingeniería que se terminó de construir en 1894 y los modernos edificios que se erigen en los alrededores. Uno de ellos, casi vecino, es el Ayuntamiento de Londres (London City Hall), que alberga a la asamblea municipal. Su insólito diseño –una deformada esfera de acero y cristal de 45 m. de altura– pertenece al prestigioso arquitecto británico Norman Foster, creador también del Gherkin, localizado en la costa de enfrente, en pleno distrito financiero. También conocido como la torre Swiss Re, tiene 180 m. de altura y forma de pepinillo (significado de su nombre), aunque algunos lo ven como una bala gigante.
En cuanto al diseño del puente, es tan distinguido como el de un traje inglés. Tiene 244 m. de extensión y dos torres de 65 m. separadas por 61 m. En esa porción están las levas que se elevan hasta un ángulo de 83 grados para permitir la circulación del tráfico fluvial. Después de decenas de fotos, los turistas se deciden a cruzarlo; en el trayecto, entonces, se aprecia de forma vivaz la magnificencia de esta icónica construcción, además de gozar de otras estupendas vistas de la urbe.

CASTILLOS, GIRASOLES Y UNA GRAN SENDA PEATONAL.
El asombro no termina nunca. Una vez del otro lado del famoso puente, uno queda atónito ante la Torre de Londres, que aunque no se usa como tal –el último rey que residió allí fue Jacobo I, que murió en 1625– es oficialmente el Palacio Real y Fortaleza de su Majestad. Este histórico castillo se fundó hacia 1066 como parte de la conquista normanda de Inglaterra y hoy puede ser visitado por el público. Se trata de un complejo de varios edificios situado dentro de dos anillos concéntricos de muros defensivos y un foso. En su interior, además, es posible apreciar las Joyas de la Corona Británica y una colección de armaduras reales.
Desde allí, en uno de los clásicos buses rojos, se puede realizar un atractivo recorrido hasta Trafalgar Square, plaza erigida para conmemorar la Batalla de Trafalgar en la que la armada británica venció a las armadas francesa y española frente a las costas de Cádiz. De ahí que en el centro se encuentre la columna de Nelson, en homenaje al almirante Horatio Nelson, quien estuvo al frente de aquella contienda en la que perdió la vida. La estructura está rodeada por dos fuentes y cuatro enormes leones de bronce. Este es otro punto de reunión o confluencia de turistas pero también de londinenses. Hacia el extremo sur está la National Gallery, en la cual se exhiben 2.300 pinturas europeas de 1250 a 1900, es decir desde el Renacimiento hasta el Postimpresionismo. El cronista ingresa sin saber demasiado qué obras forman parte de la muestra permanente. Entonces, al chocarse sorpresivamente con un ejemplar de la serie Los Girasoles, de Van Gogh, enmudece nuevamente. Lo mismo le aconteció al entrar al Victoria & Albert Museum, donde había tantas esculturas de Rodin como turistas caminando por los pasillos.
Londres, como se dijo, es inabarcable. Y así como no alcanzan los días para conocerla en profundidad, tampoco alcanza una sola nota para describir todo lo visto y lo vivido. Entonces, las imágenes de lugares y momentos se amontonan en la memoria y se trasladan a la pantalla como fotos relampagueantes… los floridos senderos de Hyde Park, los señoriales carruajes de Buckinham Palace, las callecitas de Nothing Hill y Portobello Market, el salón de té del famoso hotel Savoy, de una distinción suprema; el café del Victoria & Albert Museum, otra joya de altísimo gusto; las veredas del Soho, el frente iluminado de Harrod’s, los perfiles del Big Ben, la estación de subte de Isllington. Y, por supuesto, la mañana en Abbey Road… las decenas de fotos sobre la legendaria senda peatonal, los pasos dados con emoción y nostalgia, y la inocente creencia de que, si nos apuramos un poquito, alcanzaremos a John, Paul, George y Ringo.

LA CALLE DE LA MODA

“La verdadera revolución es la de la moda”, afirmó Oscar Wilde en 1891, al poco tiempo de establecerse en Londres. La premonitoria sentencia del escritor irlandés es hoy una rotunda realidad en el mundo del tercer milenio. Si bien Londres siempre se caracterizó por la elegancia suprema de sus habitantes, a mediados de los 60 –con el estallido mundial de los Beatles, el hippismo y la psicodelia– los tradicionales grises, azules oscuros y negros que dominaban la calle fueron prácticamente sepultados por la alegre furia y el contagioso brillo de todos los colores imaginados. El epicentro tuvo lugar en Carnaby Street, en el famoso Soho, que se convirtió en la meca de la moda y el pop. Eran cuatro cuadras de boutiques y locales de ropa informal que, sin exagerar, cambiaron para siempre las costumbres del vestir en todo el mundo. Allí nacieron la minifalda, creada por la diseñadora Mary Quant; y los pantalones Oxford. Hoy, poco queda de aquella atmósfera. La mayoría de las tiendas –casi 100– son de grandes marcas y los precios notablemente altos. De todos modos, es muy placentero caminar por este lugar tan especial, cuyo comienzo lo marca una hermosa arcada que cruza de vereda a vereda. En el número 57 de la arteria se encuentra Pretty Green, el local de Liam Gallagher, el excantante de Oasis. Allí, no solo se puede apreciar la ropa creada por el actual cantante de la banda Beady Eye, sino también algunas maravillosas motos antiguas de colección.

RINCON STONE

Como no podía ser de otra manera, en Londres también hay que hacerse tiempo –cómo no– para los Rolling Stones. El lugar es Sticky Fingers, el restaurante propiedad de Bill Wyman, bajista del grupo desde los inicios hasta 1993. El establecimiento, que abrió sus puertas en 1989 y lleva el nombre de aquel gran disco de 1971 de los ingleses, ofrece menúes al mejor estilo americano –hamburguesas, pollo grillado, deliciosos y variados sándwiches, gran abanico de ensaladas y postres– en un ambiente donde todo remite a la famosa banda. En las paredes, el visitante puede apreciar una magnífica colección de memorabilia que incluye discos de oro, afiches de las giras, instrumentos de sus integrantes, decenas de fotografías, tapas de diarios de los primeros tiempos y las cubiertas de sus discos más famosos. Sticky Fingers está ubicado en 1a Phillimore Gardens, en el barrio de Kensington, un elegante distrito residencial que comparte geografía con el conocido Chelsea. Está abierto todos los días de 12 a 23.

TIPS DEL VIAJERO

Cómo llegar: desde Buenos Aires se puede volar de forma directa con Bristish Airways. En tanto Iberia, TAM y Alitalia, entre otras, llegan con escalas.

Desde Europa es posible hacerlo a través de las grandes compañías aéreas o de las empresas low cost. Para que estas últimas sean de verdadero “bajo costo” para el viajero se deben reservar los vuelos con una buena anticipación. También se puede llegar en los trenes de Eurostar desde París y Bruselas. Alojamiento: existen hoteles de todas las categorías, incluyendo los suntuosos Mandarin Oriental y el famoso Savoy, y hostels en casi todos los barrios de la ciudad.

Clima: Londres tiene un clima templado oceánico. La temperatura media en el verano es de 18 °C, mientras que en invierno es de 7º C. Hay lluvias frecuentes a lo largo de todo el año.

Transporte público: lo ideal es el subte (underground). Conviene comprar los pases semanales, que resultan más económicos que adquirir los tickets diariamente y pueden ser utilizados todas las veces que haga falta durante una misma jornada. Los famosos buses de dos pisos también son una buena alternativa (puede usarse el mismo pase), ya que permiten apreciar los paisajes urbanos mientras uno se traslada hacia un atractivo específico. El taxi es caro, aunque vale la pena subirse al menos una vez a esos exquisitos FX4 negros modelos 1959. Además los taxistas son expertos conocedores de la urbe y pueden ayudar a llegar a sitios o rincones no tradicionales, ya que para ejercer este trabajo deben realizar un curso obligatorio de cuatro años para obtener la licencia, período durante el cual estudian minuciosamente todos los secretos del trazado de la metrópoli.

Más información: www.visitlondon.com.