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India, el caleidoscopio de lo increible
Por Evangelina Paju     |  
19 de Octubre de 2011

Increíble, reza el eslogan turístico de India. Inasible, inabarcable, indescriptible, hasta imposible podría adjetivarse luego de haber recorrido una pequeña parte de su territorio. Aun así, o justamente por eso, un viaje por algunos de sus sorprendentes atractivos merece también el calificativo de imprescindible.

En la arquitectura rojiza de Fatehpur Sikri, en uno de los cientos de arcos que se abren desde un primer piso a un amplio patio, una mujer distraída hace sonar sus pulseras. Su perfil se asoma apenas por el marco pétreo, pero igualmente la imagen vale la pena: su vestimenta tradicional formada por una camisola larga y un pantalón amplio, además del pañuelo que le cubre la cabeza y cuelga sobre su hombro, son del rosado y del verde perfectos. Disparo. Me mira. Posa. Con un gesto natural. Mejor que una modelo profesional, sabe del arte de seducir a la cámara. Sus ojos se detienen con dulzura en el lente para regalarnos la foto.
En la tumba de Humayun, en Delhi, una chiquita lleva a su hermanita en brazos. Recorren el lugar, como millones de indios en plan de turismo interno. Tiene la mano y el brazo pintados de henna, a la manera tradicional. Su ropa morada brilla de bordados verdes y dorados. Y el vestido rojo de la beba, volados, lentejuelas y pulseras, son también llamativos. Más todavía: las dos tienen ojos profundos, que parecen de otra edad, cargados de misterio. Quizá es la curiosidad que le provocan las cámaras, o las ropas occidentales de nuestro grupo. Pero ella se detiene y nos pide una foto. Que le tomemos una foto. Dos miradas inescrutables quedan plasmadas en un indescifrable segundo.
A la salida del Taj Mahal un grupo de chicas esperan sentadas sobre el piso de mármol. Han venido a conocer esta Maravilla del Mundo Moderno, igual que nosotros. Son unas 70 y sus saris de todos los colores imaginables contrastan con el blanco luminoso del monumento. No hace falta decirles nada. Con gracia innata, ellas reconocen la cámara que las busca entre miles de turistas extasiados. Una primero y en seguida todas. Sonríen. Acomodan los pliegues de sus telas multicolores. Saludan con la mano. Saben, quieren, gozan posando para la foto.
La escena se repite en cada lugar, en cada rostro, en cada sari colorido, durante todo nuestro viaje por esta India increíble donde, entre muchas sorpresas, la más impactante es la gente. En la Puerta de India, monumento que rinde homenaje a los caídos en la Segunda Guerra Mundial rodeado de un enorme parque donde los habitantes de Delhi van a pasar la tarde, hay una multitud. Como en todas partes. Y uno tras otro se acercan a tomarse fotos con algunos de nosotros. Por momentos contamos más de 50 esperando su turno. Con sus celulares, con cámaras digitales o con rollo, o simplemente para pedirnos que los retratemos con nuestra cámara, una foto que nunca verán, sólo para que su rostro viaje vaya a saber dónde, y los recordemos repasando las imágenes que nos llevamos de aquí.


CRISTALES DE COLORES.
Múltiple, inmensa en su diversidad, India puede desdoblarse para ofrecer al viajero lo que de ella espere. Seguramente muchos irán en busca de una experiencia espiritual a vivir el día a día de un ashram. Otros querrán toparse de frente con aquello que resulta más difícil de comprender a primera vista: los rituales de la muerte, la presencia innegable del sistema de castas, las vacas dictando los vaivenes de un tránsito caótico que mezcla a miles de peatones, mototaxis, bicicletas, ómnibus y coches que no admiten imposición alguna de orden. Otros recorrerán una arquitectura riquísima, hospedados en maravillosos hoteles 5 estrellas.
Seguramente a muchos el espejo al que se enfrenten les devolverá la imagen de su preconcepto. Es que India no es un país fácil de comprender. Aunque algo, no mucho, se sepa de su historia más reciente. Aunque le resulte familiar el nombre de Shiva, el dios destructor; o la historia de Ghanesa, deidad con cabeza de elefante. Aunque haya devorado durante las interminables horas de vuelo que nos separan de India una novela ambientada en tierras del maharajá de Kapurthala en el 1900 para intentar apurar la imposible digestión de lo que verá. Aunque lleve años repitiendo en sus -occidentalizadas- prácticas de yoga el Surya Namaskar, el Saludo al Sol, o cantando en sánscrito el Asatoma. No, India no resulta un país fácil de entender.
Sin embargo, a quien llegue a esta tierra habiéndole costado imaginar qué encontraría, se le ofrecerá un caleidoscopio fascinante de imágenes coloridas, templos y palacios de arquitectura imposible, ropas de tonalidades inimaginables, millones de dioses, millones de rostros, millones de bellos rincones irrepetibles, que se dejan espiar como las figuras que forman los diminutos cristales al girarse el cilindro.


DIOS, DIOSAS.
Ya allí, respirando el calor absurdamente denso del aire, en una de las épocas más frescas del año. Ya allí, comiendo cualquiera de los platos deliciosa y exageradamente picantes que conforman su gastronomía. Ya allí, contemplando los dioses fluorescentes que montan una diversa fauna, con tantos brazos, ojos delineados, medias sonrisas, ropas con volados y más y más colores, para los que cada día hay un festival con quermese. Ya allí, es más fácil deducirlo: quienes imaginaron esos dioses, respiran ese aire hirviente y colman sus comidas de los mil sabores de especias que hicieron alguna vez delirar a Occidente, deben ser necesariamente gentes intensas, alegres, abiertas, curiosas y sonrientes en su, para nosotros, incomprensible cultura.
"Señores, en India los turistas son Dioses. Dioses son los que llegan de otro sitio, los diferentes, los que vienen de lejos. Hoy usted para mí es Dios/Diosa y queremos que sientas así en mi ciudad", repiten. Y hacen todo para que así sea. A veces nuestras preguntas son tan absurdas que les causan gracia. ¿Por qué los matrimonios por conveniencia? "Sistema amor no bueno, Señora. Jóvenes no tienes experiencias. Padres sí, conoces mejor. Sistema acuerdo sí bueno", explican con paciencia lo que para ellos resulta obvio. ¿Cómo ese caos de tránsito en que las bocinas suenan de manera constante para avisar a quien viene en sentido contrario que este vehículo, el que hace sonar la bocina, no va a detenerse? "Señoras, ¿Usted vio accidente en India? Acá no accidente", se ríen una vez más.
Todo parece indescifrable pero el misterio no incomoda, al contrario. No es el misterio de lo que se esconde, receloso, a los ojos extraños. Es la diversidad más absoluta expuesta, generosa y permeable para ser descubierta. En cualquier templo, encontrado al pasar, se nos permite entrar con la sola condición de dejar fuera el calzado. En cualquier tienda nos sirven un té y nos acercan un asiento que invita a conversar. Transeúntes desconocidos nos invitan a sus casas, y al término de una cordial cena casera, una familia nos permite recorrer cada uno de los cuartos, que escrutamos con nuestra curiosa mirada extrañada. Todas las puertas se abren para que nosotros, los turistas Dios/Diosas de origen desconocido, nos sintamos bienvenidos.


LA MARAVILLA.
Una primera visita a India será, seguramente para el turista sin otras pretensiones, un recorrido de sus monumentos. El circuito clásico por este país, que no puede eludir el llamado "Triángulo de Oro" conformado por Delhi, Agra y Jaipur, le entregará varias sorpresas. En ese sentido es buena idea visitar el Taj Mahal uno de los primeros días del viaje. Su belleza deja sin palabras. El brillo del sol al atardecer sobre ese mármol imposiblemente simétrico, deslumbra. La imagen de su arquitectura refinada y perfecta reflejada en el agua de los estanques de sus jardines, sus paredes con incrustaciones de piedras semipreciosas que reproducen en una caligrafía estilizada pasajes del Corán, flores, y adornos en zigzag, conmueven. Tanto como las multiculturales filas de rostros ansiosos por llegar más cerca de este mausoleo considerado símbolo del amor perfecto, construido por el emperador mogol musulmán Shah Jahan en honor a su esposa favorita, Mumtaz Mahal.
El complejo tiene más que ofrecer: el monumental edificio de entrada, la mezquita, la casa de invitados, y otros edificios que impresionarían a cualquier viajero, quedan quizá algo opacados en el apuro de la visita por la imponencia del edificio principal. De todas formas, la sensación al salir es la de estar satisfecho, pleno, con una especie de alegría desbordante por la misión cumplida. En definitiva se trata de una de las Siete Maravillas recientemente elegidas por posmodernos votantes virtuales, el ícono de India, la meca del turista en este país.
Lo mejor es que queda mucho más. Lo mejor es que cada uno de los días siguientes habrá lugares únicos, arquitecturas asombrosas, historias de maharajás, encantadores de serpientes, paseos a lomo de elefante o, shows de marionetas, mercados donde el arte omnipresente es el del regateo, bailes tradicionales, fuegos artificiales recibiéndonos en un pueblo detenido en el tiempo que a los pocos días parecen parte de un sueño indescifrable.


VIENTOS Y ESPEJOS.
Pero volvamos a los monumentos, fortalezas, palacios, templos. En Jaipur, por ejemplo, la subida a lomo de un cadencioso elefante hacia el Amber Fort será seguramente impresionante: impactan las murallas adornando las crestas de las montañas que se extienden alrededor de la construcción, los jardines aterrazados, las rampas y escaleras que algunos suben de rodillas cumpliendo promesas, los coloridos trajes de los peregrinos que se detienen en la subida para recibir -a cambio de unas monedas- un poco de agua refrescante en el cuenco de su mano.
Sin embargo, cuesta imaginar la belleza que espera dentro de este enorme edificio, construido entre los siglos XVI y XVIII, que conjuga la arquitectura hindú con la musulmana. Tras atravesar un gran patio, comienza a intuirse al ver los magníficos frescos que decoran la Puerta del León, entrada al lugar. Después de un primer patio, otra puerta nos recibe con coloridas pinturas sobre las que se destaca Ghanesa, el Señor de los Obstáculos, capaz de apartarlos o colocarlos en el camino de los hombres.
Atravesando un laberinto de patios, galerías, hammams, se llega a la que quizá sea la construcción más deslumbrante dentro del fuerte: el Sheesh Mahal, o Palacio de los Espejos, donde se recibía a los invitados especiales. Sus techos y paredes, decorados con un sinnúmero de trocitos de espejos -afirman que son dos millones de cristales persas- forman magníficas figuras. Flores, jarrones, guardas, en interminables dibujos de luz protegidos por bellísimos arcos. Cuenta la leyenda que esta enorme estancia se iluminaba con la pequeña llama de una sola vela, en un interminable juego de reflejos.
El corazón de Jaipur, capital de Rajastán, es la parte antigua de la ciudad, conocida como Pink City por haber sido totalmente pintada de ese color, entre rosado y ocre, para dar la bienvenida al príncipe de Gales en una visita realizada en 1876. En sus callejuelas se destaca la fachada del Palacio de los Vientos, el Hawa Mahal, con ventanas dentro de ventanas, como si fueran colmenas, con vidrios rojos, azules, verdes y amarillos, y forma de corona rematada en adornos dorados. Desde su interior, recorrido por la brisa, las mujeres de la casa real, que respetaban estrictos códigos que les impedían ser vistas por los hombres, podían observar las procesiones o simplemente el movimiento de la ciudad, que aún hoy se muestra espléndida y bulliciosa a sus pies.
Caminando por las calles sigue el mercado, revoltijo de artesanías, cacharros de cobre, lámparas, sahumerios, fritangas y todo tipo de objetos de uso diario, mientras en la esquina un par de vacas se entretiene hurgando en restos de comida.


PATIOS Y COLUMNAS.
El fuerte Mehrangarth, en Jodhpur, se descubre patio tras patio como un imponente conjunto repleto de celosías. Delicados encajes que serían casi imposibles en madera, en este caso están labrados en piedra roja. Aunque desde lejos su perfil se muestra como el de una inexpugnable fortaleza medieval, esta construcción iniciada en 1459 guarda dentro de sus paredes de más de 36 m. una serie de delicados palacios. Museos que muestran algunas de las costumbres de la época, salones ricamente decorados con pinturas, dorados y cristales coloridos; puertas de madera con incrustaciones metálicas, se alternan con la impresionante vista de la ciudad allá abajo: entre sus casas sencillas predomina el azul, color que -aseguran- es más fresco, protege contra los insectos y representa, además, a las castas más altas.
Si de bellezas arquitectónicas se trata, un sitio que no puede dejar de mencionarse es el templo jainista de Ranakpur, el más grande y según dicen -y la visita no se atreve a desmentirlo- el más bello de India.
Antes de acceder al templo deberá franquear la entrada custodiada por algunos monos con cara de pocos amigos a los que recomiendan no acercarse. El impactante perfil del edificio se recorta sobre unas colinas cubiertas de vegetación tropical, en un paisaje donde abundan las palmeras y las flores, bien diferente del que transitábamos unas horas atrás.
Es necesario descalzarse para adentrarse en los interminables vestíbulos en los que se alinean un número aparentemente infinito de columnas trabajadas con motivos que parecen nunca repetirse en su imposible curvatura de mármol. Construido en el siglo XV, cuentan que los pilares son 1.444 y su decoración y las figuras que nacen de la piedra son, efectivamente, todas diferentes.
Basta mirar hacia arriba para entender que el asombro no ha terminado: el techo, con unos 20 domos y cinco cúpulas desborda una y otra vez de encajes geométricos trabajados en la piedra blanquísima. Mientras las figuras de los dioses y profetas parecen danzar, unos monjes las adornan con láminas plateadas y flores.
El vértigo de las imágenes múltiples y cambiantes, como las que componen los pequeños cristales coloridos del caleidoscopio, esperará paciente por otra visita. Como espera en reposo el cilindro de espejos a que alguien vuelva a tomarlo en sus manos y hacerlo girar, para entregar su belleza incomprensible, que se arma y se desarma, siempre diferente e infinita, siempre increíble.

TIPS DEL VIAJERO

UBICACIÓN Y CLIMA
Los indios afirman tener tres estaciones: invierno, verano y monzón. Aunque el país es extenso y su geografía diversa, por lo general las temperaturas son altas. Entre octubre y marzo los estados del norte tienen clima agradable y seco, por lo cual suelen ser los meses más recomendados para viajar. El monzón afecta a esa zona entre junio y septiembre, provocando grandes lluvias. Desde marzo hasta junio las temperaturas pueden superar los 40° C.


COMO LLEGAR
Con British Airways de Buenos Aires a Londres (con escala en San Pablo) y desde allí a Delhi. Con Malaysia Airlines de Buenos Aires a Kuala Lumpur y desde allí a Delhi.


DONDE ALOJARSE
Las principales ciudades indias tienen hoteles de cadenas internacionales y locales de gran nivel. También es posible hospedarse en antiguos palacios de maharajás, hoy reacondicionados para recibir al turismo. Existen además establecimientos tipo albergue y bed & breakfast.


VISA
Es necesario solicitar visa, para lo cual se exige a los argentinos certificado de vacunación de fiebre amarilla (ya que Argentina es un país afectado por esta enfermedad). La embajada en Buenos Aires se encuentra en Av. Madero 942, piso 19, y el horario de atención para visas es de 10 a 12.30 y 14.30 a 16.30.

INFORMES
www.incredibleindia.com / www.worldnetwork.com.ar / www.traveliteindia.com / www.indembarg.org.ar.